Y le fui queriendo más y más, hasta que dejé
de ser yo, para convertirme en lo se le antojara. Le fui contando cada lunar de
su piel, hasta que su espalda se volvió un perfecto pergamino para comenzar a
dibujar cualquier fantasía que se le ocurriese a mi imaginación. Le fui llenando
de besos hasta que sentí que ya no sólo era eso, ya era algo más. Y le llené la
piel de tantas caricias, que puede ser, que en este preciso momento ya empezó a
olvidarlas. Esa noche le cuide como se cuida a tu primer juguete, con tanta
paciencia y tanta entrega, que hasta yo, a veces, empezaba a dudar de lo real.
Y la silueta merodeando por cualquier rincón, haciéndose la interesante en cada
paso, en cada suspiro, en cada latido. Y aquí, otra vez, revisando recuerdos y
anhelando más que nunca aquella noche, aquél instante, aquellos minutos. Y empezando a darle vida a varios
sentimientos que hace tiempo escondía, más por mí que por ti. Le vivía como se
viven los días, sin prisa, con calma y hasta con dedicación, revisando cada
paso para que nada fallara, renovando cada segundo para que no se aburriera,
dándole sentido a eso que tanto pedía, que tanto quería. Le viví, sí, le viví
en sus mejores y peores momentos, en sus angustias y alegrías, en sus torpezas
y en sus virtudes, en cuando era algo que no conocía, en cuando mentía, en
cuando sentía. Le viví y esos momentos llegaron a ser los más precisos para
decir que, le fui queriendo más y más. Y empecé a contarle a mis paredes cosas
que ellas mismas ya habían visto, y a hablarle a mis almohadas cosas que ellas
mismas también habían visto, y quizás, hasta sentido. Le empezaba a quitar los
segundos al tiempo para que nada pasase en vano, para quedármele observando por
más, para empezar a detallarle cada espacio de su cuerpo, cada centímetro de su
cara, del comienzo hasta el final, sólo observándole. Y en cada instante me di
cuenta que, le fui queriendo más y más. Y dándole finalidad a esto, puedo
asegurar que, aún le quiero más y más… Y le seguiré queriendo más y más.