Había un mundo en el cual me sentía víctima hasta de
mí misma, un mundo en el cual problemas, incertidumbres, rupturas y enigmas
eran piezas fundamentales en el rompecabezas de mi vida, para escaparme de esto
sólo debía cerrar los ojos e imaginarme que esto era mi fantasía, más no mi
realidad. Apagar las luces para verme encerrada ahí, en ese baúl de recuerdos e
historias que llevaban más lágrimas de las que había contado, más sonrisas de
las que había forzado, más de mí, que ni yo conocía. Un mundo en el cual tantas
veces me vi víctima de varios personajes con rostros diferentes y palabras
hirientes, tales como los libros de Kahil Gibran, sin sentido y todos de
abandonos. Para darme cuenta de mi realidad empecé a analizar mis
ocurrencias, y los peligros que cometía no estando consiente de mí, de mi
cuerpo, de mi mente y hasta de eso llamado conciencia, para no optar por llenar
hojas que ninguna persona leerá, ni que el viento tampoco se llevarán como
algunos dicen por ahí.
Pararse en el espejo
y ver reflejado a tu peor enemigo, tratando de no darle salida a la peor parte
de ti por miedo del qué dirán las personas más allegadas a ti, escondiendo tu
esencia y parte de lo que eres y aún no lo sabes. A ciencia cierta sabes que lo
peor de ti eres tú mismo, pero... Quién se hace cargo si ni yo misma puedo
hacerlo?
La estabilidad de
emociones y los sentimientos que carezco son infinitos, la balanza siempre se
mantiene abajo, haciendo peso en donde no debería. Me rindo a los pies de
aquella persona que no soy yo, pero que me ha enseñado tanto de mí. Irónico es
cuando ni tú mismo te conoces.
Y qué más da cuando
todo el mundo empieza a estorbarte y esa gente que camina por ahí con esa
sonrisa intachable que nunca se quita de sus avergonzados rostros, cuando
sientes que todo lo que has hecho ni para ti es suficiente... Qué más da cuando
ya no hay razón....
Mente suicida, cuerpo
equilibrado... Jamás lo entenderán.