Y es cierto, aun no has muerto.

Desde que no estás los espacios que se me hacían grandes, hoy son más pequeños que nunca, tan pequeños que no caben todos los recuerdos que tras de tu partida dejaste. Hoy miro a mí alrededor y no encuentro más que rincones vacíos que juegan a hacerme extrañar cada parte de lo que eres tú. Creo que esto de extrañarte cada día más se me da de maravilla, así como las ganas inútiles éstas que tengo de besarte. No sé cuantas cartas te he escrito desde que no estamos juntos, sólo sé que ha sido mi único remedio para de una u otra forma, soltar esto que llevo por dentro. Me he hecho la fuerte y le he dicho al mundo que eres un espacio de mi vida superado y que te amo, pero no tanto como antes, pero… ¿A quién engaño? Te amo, incluso más que antes. Hoy quisiera ser invisible y estar en donde tú estás, sólo para saber si aún paso por tus pensamientos o ya lograste reemplazarme con cualquiera. Es increíble que después de tanto tiempo de haber reemplazado mis sentimientos, hoy quiera dejar lo que siento por ti intacto, sin que nadie lo toque, sin que nadie me haga olvidarlo. A lo mejor estoy siendo egoísta conmigo misma y me esfuerzo pensando en cosas que jamás pasarán, pero así somos cuando estamos enamorados. Aunque esta vez me tocó estar enamorada de alguien que no lo está de mí. Podría pasarme la vida entera escribiendo de ti y del nosotros que ya no es, de las cosas que hicimos y las que nos faltaron por hacer, pero debo enfrentarme con la realidad y parar de sentirme tan sola y acompañarme con música y fiestas. Sonreír sin que tú sepas que lloro por dentro. Como dice una imagen que ronda por ahí “No sé si esto me está matando, o me está haciendo más fuerte” la verdad es que siento que ambas se hacen presentes. He sido fuerte desde que no te veo en mi vida, pero he muerto cada segundo que lo recuerdo. No sé cómo llamarle a esto, a poder tirarme al abismo, pero pensar que me estás esperando para atajarme cuando llegue al final de éste. Esta es otra carta más que, por supuesto, no leerás. Son más letras que quedarán aquí encerradas, hasta que algún día pueda volver a verte de nuevo. Y sé que te veré por ahí, pero no de la manera que espero hacerlo. Como quisiera volver al pasado pero no para estar de nuevo en tus brazos, sólo quedarme ahí y mirar como pasaban los días cuando estábamos juntos, o que pasaba por nuestras mentes cuando reíamos sin parar y nos mirábamos y se nos escapaba de esta tonta boca lo mucho que nos amábamos. No hay nada peor que poner en duda todo lo que alguna vez te hizo feliz. Hoy no sé cuantos besos fueron sinceros, cuando abrazos sentimos en la piel, cuanto tacto te hizo estremecer. Hoy ni sé cuantos te amo salieron de ti realmente. Aún tengo ganas de escribirte, aún puedo decir con firme convicción lo que siento y sentía por ti, aún puedo mirarte y sonreír, aún puedo llenarte la piel de besos, aún puedo enamorarte. Pero no quiero, quiero que enfrentes el mundo sin mí, quiero que te caigas y que yo no esté ahí para levantarte, quiero saber que tan bien y que tan mal sucederá todo después de mí. Aunque pensándolo mejor, sé que todo será para bien. Esta vez quiero irme. Te extraño, claro que te extraño, aunque te lleguen diciendo que no lo hago, aunque me vean feliz. Puedo ser feliz extrañándote. En mi vida todo es un constante “como era antes…” ha sido notable el cambio en mí desde que no estás, he enfrentado todo de otra manera y he visto la vida de una perspectiva diferente a como la veía contigo. No sé si estoy haciendo lo correcto o sólo me sigo equivocando. Estoy siendo neutra con lo que siento, preguntarás como puedo, pero ni siento más, ni siento menos; simplemente siento. Algún día creo verte por ahí y quizás estés tomado de la mano de alguien que, por supuesto, no seré yo; supongo que sonreiré, supongo que me sentiré feliz, supongo que te amaré menos después de eso. Supongo que después de suponer, ya no supondré nada. Vivo pensando que seré después de verte con alguien más, si volveré a ser lo que soy, o después de eso cambiaré rotundamente mi manera de aún verte como lo único y mejor que he podido tener. Siempre te me hacías parecido al tesoro que tras años buscan algunos piratas, que escondías más secretos que cualquier enigma, pero que aún así estaba dispuesta a descubrirlos poco a poco, y sabía que después de todo, no descubriría nada. Pero quería quedarme y ver como eras y a que jugabas. Y lo hice, aún no me he ido, aún estoy. Sin ti, pero estoy.

Aunque todo esto te suene a que soy una persona libre de ti o que aún estoy tratando de ver lo que realmente es, puedo decir que soy feliz pese a muchísimas cosas que aún me atan a lo que éramos. Creo sentir más que estas estúpidas palabras que escribo a diario, pero también creo saber que no lo mereces. No te mereces mis letras, ni mis sentimientos, ni mis palabras, ni mis frases, ni ésta torpedad de escribirte sin que leas.

Pero claro está aquella frase que dice: “… Si un escritor se enamora de ti, nunca morirás.” Y es cierto, aún no has muerto.


Decadencia

Todo va en decadencia cuando sabes que el silencio se ha vuelto más fuerte que las palabras y que por más que grites, no te escuchan. Y así, cuando todo va perdiendo sentido es donde te encuentras, te conoces y hasta te examinas, y no sabes si todo está cambiando para mal o para bien. Pero lo intentas y en el intentar ser, se te quedan cientos de trozos de lo que eres regado, esperando que algún ser vuelva a encontrarlos. Nada es como antes y empiezas a darte cuenta que el “antes” sólo fue un mal trecho en tu camino y que el presente está por venir y tú aun sigues con las maletas del pasado.

A ciencia cierta uno nunca sabe porqué y para qué hace las cosas, lo único que sabe es que siempre se oye una voz en el interior dictándote los sentimientos, porque si hubiéramos podido escoger qué sentir y cuando sentirlo, nada de esto estuviera pasando.

Un reloj no marca más que el tiempo que va recorriendo tu cuerpo en este vaivén de emociones, e incluso te quedas en 0 pudiendo saber qué pasaría si no te encontraras en el camino con este reloj que te dirige las horas una y otra vez. Te preguntas cuando para, pero el sigue corriendo como para hacerte burla. Y por encima de ti hasta algunas veces puede encontrarse.

Y hablemos del miedo que retumba en tus cuatro paredes cuando eres incapaz de ser con alguien lo que eres desde que naciste, no por cohibirte, por miedo. Porque sabes que podrías darle las armas más explicitas a aquella persona para hacerte daño siempre que quiera hacerlo, pero está bien, a lo largo de nuestro camino siempre encontramos a esa persona que es capaz de desvestirnos la mente y en su defecto y maravilla, hasta el cuerpo. Y que más se puede esperar cuando esa persona no sólo desnudó tu cuerpo, sino también tus sentidos, quedas al desnudo de todo lo que eres y te preguntas como podrías mentirle, teniendo un reconocimiento en mentiras sin pensarlas.

Nada es más confuso que una ilusión óptica hasta que te encuentras contigo mismo. O hasta que te encuentran.

Como llamarle desequilibrio a algo que siempre has tenido en una balanza, como desequilibrarte si tus sentimientos están intactos, haciendo peso en donde es tu punto más débil, tu conciencia. Sólo ocurre cuando no te perturba porque has hecho todo bien  hasta ahora.

Porque no somos más que una encrucijada para atrapar a quien queremos, y porque ésta siempre ha sido la misma en donde caemos rendidos. Nuestra encrucijada en decadencia. Y está bien.